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Vuelvo a repasar una y otra vez en mi cabeza todo lo sucedido, el disparo y los gritos, y en mi cabeza todo parece que hubiera sido un simple sueño. Y es que el primer asalto que he vivido, comenzó así: como un sueño.

Este sábado 14 de junio tomé con mi novia el autobús Flecha Roja, placas 865-HX-1, con dirección a Atlacomulco, desde las oficinas del PRI Estado de México, en Toluca. Una amiga suya cumplía años y le habían organizado una fiesta en su casa. Tomamos el autobús aproximadamente 30 minutos después de que arrancara el partido entre Inglaterra e Italia, del Mundial. El autobús -como ya es costumbre en varias rutas- venía repleto, así que una decena de pasajeros nos quedamos parados en el pasillo, esperando que el viaje no se hiciera demasiado largo.

Mi novia sí había alcanzado uno de los últimos asientos, mientras que yo calmaba un poco mi molestia de ir parado viendo la película que estaban pasando en las pantallas del vehículo. También vi los paisajes junto a la autopista, con las grandes extensiones de plantaciones, cerros al fondo y árboles al borde de la ruta. En mi cabeza me repetí un par de veces aquello de disfrutar todos esos momentos, aunque en el momento estuviera atravesando por una situación incómoda: con cualquier cambio de velocidad del bus, tenía que agarrarme bien para no perder el equilibrio y caerme al piso. A final de cuentas era la primera vez que conocería Atlacomulco, el gran “bastión del PRI”. Un sitio que me causaba cierta repulsión por ser famoso justamente por el “Grupo Atlacomulco”, pero que al mismo tiempo me generaba muchísima curiosidad e interés conocer.

Finalmente, “ella” (por obvias razones no diré su nombre) bromeó conmigo y me hizo señas de que me sentara en sus piernas. También con gestos y señas con la mano, le di a entender que mejor ella se acomodara sobre las mías, a lo que accedió. Con el bus en plena marcha hicimos el cambio, y después de seguir viendo un rato el paisaje, de recargarme contra su espalda y pestañear un par de veces, y de seguir viendo aquella película protagonizada por Matt Damon, me quedé dormido…

De repente desperté y comenzó esa nueva realidad que hubiera deseado que hubiera sido una simple pesadilla. Algo se sentía extraño: cuando abrí los ojos, vi a un hombre caminando por el pasillo gritando, con una pistola en la mano. Al ver a mi novia y los demás pasajeros agacharse para cubrirse detrás de sus asientos, hice lo mismo; no pude reaccionar de ninguna otra manera, más que con terror y tratando de hacerme junto con “ella” lo más pequeño posible para cubrirnos.

“¡Órale cabrones, no se hagan pendejos!”, “¡entreguen todo lo que tienen!”, “¡los celulares!“, escuchaba yo. Saqué mi celular, que había guardado en el bolsillo de mi camisa, y lo alcé con mi mano por encima del asiento de enfrente. Intenté hacer lo mismo con mi cartera, pero mi novia me la arrebató, sacó un par de billetes que tenía guardados, y la escondió en su bota, mientras que me daba el dinero que había sacado, para que también lo mostrara por encima del asiento.

En aquel momento cualquier noción del tiempo se perdió, y aunque para recordar los hechos siento que todo hubiera pasado al mismo tiempo, en aquel entonces se sintió como una eternidad. Los asaltantes (3 hombres, según coincidimos al final todos los pasajeros al dar nuestras propias versiones) seguían gritándoles por todo el pasillo del autobús a los pasajeros, mientras yo con mi cuerpo trataba de cubrir a mi novia, y ponía mis manos sobre mi cabeza para protegerla.

De repente vimos que un joven que venía sentado junto a nosotros, tenía su celular encendido, tratando de apagarlo, y todavía con un audífono en su oído derecho. Le insistimos (aunque en aquel momento pudo sonar a imploración)  que apagara su celular, porque los asaltantes lo iban a descubrir, pero él no pudo reaccionar y sólo nos volteaba a ver con cara de pánico. Nos dijo murmuró algunas palabras que no recuerdo. Entonces la voz de aquel “hombre” llegó a la altura de la penúltima fila del autobús, donde estábamos nosotros. Sentí cómo me arrebataron el celular y mi dinero, pero aquella voz seguía gritando junto a nosotros. “¡El celular también, no te hagas pendejo!”, le gritó -yo pienso- a nuestro vecino de asiento, pero éste no se inmutó.

Entonces sucedió uno de esos instantes en la vida en los que no sabes si sigues vivo, si vas a morir en una cuestión de fracciones de segundo, o si otra vida fue la que dejó de existir: escuché un sonido ensordecedor junto a mí, como si algo hubiera explotado justo encima de mi cabeza cubierta por una de mis manos. Un balazo. En verdad que esperé en cualquier instante sentir algo en mi cuerpo, como una quemadura, un golpe que me empujara antes de perder la conciencia y algo más.

Así “como pasa en las películas”, por un segundo escuché un zumbido en mis oídos, como si hubiera quedado sordo por un instante y apenas estuviera recobrando el sentido. “¡Para que vean que va en serio, pendejos!”, gritó alguien en algún lugar. Yo sólo volteé a ver a mi novia y un par de centímetros más lejos, al joven del celular, para quien pensé que iba dirigida la bala. Ambos estaban vivos. Volví a cubrirme la cabeza y a mi novia lo más que pudiera. Aquella voz seguía a unos centímetros de nosotros. Les gritaba a los que estaban en la última fila del bus. Los momentos en los que permaneció ahí el asaltante me resultaron eternos. Mi novia y yo sólo volvimos a sacar más billetes para entregarlos, ante la insistencia para todos de que “no nos hiciéramos pendejos” y entregáramos todo lo que teníamos.

De repente alcé la vista y alcancé a ver a aquel hombre: muy gordo, de aproximadamente 1.75 o 1.80 metros de estatura, muy moreno, con una gorra (que a estas alturas no sabría decir ya de qué color era), pantalón de mezclilla, alguna prenda que sólo dejaba al descubierto sus manos (yo sólo recuerdo que era una manga larga, aunque otros pasajeros después dijeron que traía puesta una sudadera), y una pistola plateada, probablemente de bajo calibre (no conozco realmente sobre el tema, pero lo deduzco por el tamaño relativamente pequeño del arma). También volteé hacia la ventana, para ver si encontraba algún orificio del disparo. Nada. Volví a agachar la cabeza y cubrirme.

En algún momento de todo esto que describo (probablemente cuando el hombre gordo ya iba de regreso por el pasillo hacia las primeras filas del bus, o tal vez justo después del disparo, ya no recuerdo), abracé la cabeza de mi novia, que ya estaba rezando en voz baja, y le susurré al oido “te amo”, en un par de ocasiones. Entonces ella comenzó a llorar. Se lo dije porque realmente no sabía si algún asaltante volvería a donde estábamos nosotros y aquellas palabras serían las últimas que le podría decir. En esos momentos nada tiene sentido, todo puede pasar, y sientes que lo único que puedes hacer es decirle a la persona que realmente amas, todo lo que sientes, porque tal vez ya no lo puedas hacer después.

Nunca he sentido odio, ni rencor, ni le he deseado mal a nadie, pero el recordar en mi cabeza la escena de mi novia llorando desconsolada después de que le dijera aquellas palabras, hacen que nunca en la vida vaya a poder perdonar a aquellos tres sujetos que, armados de valor por traer armas de fuego, asaltaron aquél autobús. Me disculpará quien me tenga que disculpar, pero nunca podré perdonarlos por lo que hicieron sentir a mi novia.

Durante todos estos hechos, también tomé el monedero de mi novia y lo alcé sobre el asiento de adelante, pero como nunca regresó nadie a tomarlo (aunque por sus gritos y sus movimientos pareciera que en cualquier momento se voltearían y comenzaría de nuevo toda la pesadilla), lo dejé caer en el asiento de enfrente. Me sentí un cobarde, porque en caso de que algún asaltante hubiera regresado, los interrogados y quienes hubieran estado en peligro, hubieran sido dos personas inocentes, que probablemente ya habían entregado todo lo que tenían. Un cobarde, así me sentí en ese instante. Pero cuando realmente entiendes que tu vida ya no es algo que sólo depende de ti, y que ya no puedes hacer cualquier cosa aunque corras cierto peligro, sino que ya también afecta directamente a otra persona, a la persona a la que amas y que sabes por lo que pasaría si a ti te llegara a suceder algo, entonces te puedes dar el permiso de ser cobarde por un momento, sin pensarlo, aunque después ya te sientas culpable, cuando vuelves a pensar lo que hiciste.

Finalmente, el asaltante regresó hasta la parte delantera del autobús, mientras nosotros seguíamos agachados. Un hombre mayor, que había permanecido de pie durante todo el asalto, dijo un par de veces “las balas eran de salva”, y también repitió varias veces “tranquilas”, probablemente haciendo referencia a mi novia, que seguía llorando, y a una señora con su hija de aproximadamente 7 años, que viajaban del otro lado del pasillo. Finalmente dijo “ya se bajaron”. En un primer momento seguimos agachados y cubiertos, por si por algún juego pesado del destino uno de los asaltantes decidía que quería volver a aterrorizar a toda esa gente volviendo a subirse al autobús. Afortunadamente eso no pasó, y uno a uno los pasajeros volvimos a reincorporarnos.

El autobús siguió su marcha varios minutos más, mientras algunos pasajeros permanecían en el pasillo, como esperando el momento en que el vehículo se detuviera para bajar, o esperando encontrar lo más pronto alguna patrulla. Esto sucedió hasta la caseta de cobro, donde finalmente el bus de Flecha Roja se detuvo.

Mientras yo seguía tranquilizando a mi novia -a ella en el momento le preocupó muchísimo que hubiera entregado mi celular, y me lo recriminó un par de veces con lágrimas en los ojos, varios pasajeros y el chofer del autobús se bajaron para contarle los hechos al policía más cercano. Pasaron un par de minutos hasta que mi novia y yo decidimos también bajar. Yo no pensaba seguir en aquel autobús ni un segundo más, y mucho menos si la idea era seguir conduciendo hasta Atlacomulco, como si nada hubiera pasado, y con el riesgo de que algo volviera a suceder. Por una vez sentí que estar junto a uno o dos policías sería más seguro que estar lejos de ellos.

Entonces comenzó la segunda parte de este relato.

Entre discusiones, regaños al policía federal (de apellido Hernández) ahí presente, y con el chofer como elemento principal de la discusión, un grupo de pasajeros comenzó a explicar lo que había sucedido, exigía al federal que mandara patrullas a la carretera para ver si lograban localizar a los ladrones, y también colocaba al conductor (de apellido Flores) como sospechoso de todo lo ocurrido.

Algunos comentaban con mi novia que el chofer había bajado a un pasajero (cuando se suponía que se trataba de un viaje directo, sin paradas), y había tardado demasiado tiempo antes de que subieran al bus otros pasajeros (los asaltantes). Entre 2 y 3 minutos decían algunos, mientras que otros sólo se limitaban a asegurar que había sido mucho tiempo el que había estado detenido el autobús. Incluso algunos se asomaron por las ventanas para ver qué estaba sucediendo, al no entender esa escala tan larga en el viaje.

Varios exigimos al conductor del autobús que nos dijera su nombre, lo cual se negó a hacer, mientras seguíamos regañando al policía, que se limitaba a decir que no podía hacer su trabajo si todos le hablábamos al mismo tiempo, para después agregar -como pensando que con eso se quitaría el problema de encima- que si queríamos podíamos ir al Ministerio Público a levantar un acta.

Mientras le exigíamos al policía (que conducía una patrulla de la Policía Federal con placa 13086) que le pidiera al conductor del autobús alguna identificación, y a éste lo cuestionábamos porque él aseguraba que no traía identificación ni licencia de conducir (hágame usted el favor), el conductor de vez en cuando cruzaba la carretera para detener a otros autobuses de Flecha Roja que pasaban por ahí con la misma dirección en que íbamos nosotros, para subir a la mayor cantidad de pasajeros que pudiera. Como si estuviera preocupado por cumplir con su trabajo de hacer llegar a los pasajeros a su destino. O como si se quisiera deshacer de la mayor cantidad de testigos posible.

Así transcurrieron aproximadamente 10 minutos, antes de que -por tanta insistencia- el cada vez más reducido grupo de pasajeros inconformes prácticamente obligáramos al policía a que le pidiera su licencia de conducir al conductor del Flecha Roja. El policía accedió, y el conductor (después de haber dicho en reiteradas ocasiones que no traía identificaciones) subió al bus como para buscar algo. Luego de un rato de “buscar” algo en su asiento, bajó de nuevo del autobús, hizo otro par de escalas del otro lado de la autopista para seguir subiendo pasajeros a otros buses, y regresó con nosotros. Parece que todavía no había “encontrado” sus documentos.

“¿Cómo que no trae licencia? ¿Entonces cómo puede estar manejando un autobús si no trae licencia de conducir?”, les dije alterado al chofer y al policía al mismo tiempo.

El siguiente paso para hacer presión (porque el chofer del Flecha Roja en ningún momento colaboró con todo el procedimiento), fue exigirle que entonces mínimo llamara a su empresa para reportar lo que había sucedido. A final de cuentas, su autobús tenía un impacto de bala en el techo, que había dejado una apertura muy notoria, justo a la mitad del techo, encima del parabrisas del autobús. Probablemente aquel disparo fue el que yo escuché, y que pensé que había ido dirigido a nuestro vecino de asiento.

“No sé cuál es el número”, dijo el chofer, a lo que insistimos nosotros para que el policía le pudiera sacar esa información básica. No era posible que el chofer de un Flecha Roja no se supiera el número de teléfono al que debía contactar en cualquier caso de emergencia, o en caso de que fuera necesario mandar a alguna aseguradora al lugar de un posible accidente o algún robo. Otra vez a regañadientes, el chofer “encontró” dónde tenía apuntado el número de teléfono de su empresa.

“No traigo celular, me lo quitaron”, dijo. Tal vez un intento más de perder tiempo e intentar que nos desesperáramos y nos fuéramos (y es que me parece inconcebible que ante hechos similares, un chofer no haga todo por esclarecer lo sucedido y así quitarse de toda sospecha de los demás). Algunos pasajeros sonreímos como una especie de muestra de incredulidad y desesperación. Finalmente el policía accedió a que llamaran desde su propio teléfono celular.

Después de eso, entre discusiones, repasos con los demás pasajeros sobre lo sucedido, y algunas llamadas para informarles a nuestros familiares y amigos de lo que había sucedido, me acerqué al policía, que ya estaba recargado sobre el cofre de su patrulla, anotando algunos datos. “¿Todavía no le ha dado su licencia de conducir?”, le pregunté desesperado, haciendo referencia al chofer. Entonces vi una credencial blanca sobre el cofre. Era la licencia de conducir del chofer, y el policía ya estaba apuntando sus datos. Entonces e volteó a mí y me pidió que también le entregara alguna identificación mía. Yo había sido hasta ese entonces el único que le había insinuado directamente al policía que iba a ir al Ministerio Público, y le había insistido sobre eso, y le había preguntado cuál era exactamente el procedimiento, y cuánto tiempo seguiríamos perdiendo ahí, mientras el chofer seguía cruzándose a uno y otro lado de la carretera ante la llegada de cualquier otra unidad de Flecha Roja.

Aunque una voz interior me decía que no le diera ninguna identificación a aquel policía (así está el nivel de confianza de la ciudadanía mexicana en sus “autoridades” y quienes supuestamente nos deben proteger), saqué mi credencial del IFE y se la entregué. El policía federal apuntó mi nombre, dirección completa y otros datos que venían en la credencial.

Lo siguiente sucedió más rápido, y se limitó a ver qué otros pasajeros irían también al Ministerio Público a declarar. De los aproximadamente 50 pasajeros (o más) que íbamos en el autobús, sólo cuatro dijimos decididos que iríamos a levantar un acta. Los demás ya se habían subido a otros autobuses, o seguían esperando algún otro, o tal vez a algún familiar. Cuando me comentaron de un joven al que le habían robado 20 mil pesos (hay que considerar que era quincena y la mayoría de los pasajeros eran evidentemente trabajadores que llevaban sus sobres con dinero en la mano o en alguna bolsa), me acerqué a él y le comenté que cuatro personas iríamos al MP, que si nos quería acompañar. “No”, me dijo, con un rostro de tristeza que me hizo insistirle, y comentarle que muchas veces las autoridades (en este caso los policías) hacen todo y dicen las cosas de tal manera que uno pierda interés por ir a levantar un acta, y que si nadie hace nada ante estas situaciones, la cuestión de la inseguridad va a seguir igual.

“Es que tengo un compromiso, me están esperando”, me dijo. No insistí más y sólo le comenté que si cambiaba de opinión, que fuera con nosotros, que ya éramos cuatro que iríamos a declarar. Regresé con mi novia y los otros dos jóvenes que iríamos al Ministerio Público. Una mujer de aproximadamente 27 años, y un hombre de 22 años. Las mismas edades que mi novia y yo. Sentí un poco de tranquilidad al pensar que no iríamos sólo dos personas a hacer aquel engorroso, tardado y muy probablemente inútil trámite que sólo me serviría a mí para sentir que había hecho lo correcto. Porque si de por sí las autoridades mexicanas no logran asegurar la tranquilidad de los ciudadanos, menos si no queda ningún registro de que tres hombres armados se subieron a un autobús de línea, robaron objetos y dinero, dispararon una pistola y se bajaron, sin que nadie hiciera algo al respecto.

Después de probablemente una hora de habernos detenido, llegó una grúa para llevarse el autobús, el chofer hizo un último viaje del otro lado de la carretera par hablar con otro conductor de un autobús de Flecha Roja, y regresó con nosotros. Iríamos él y los cuatro pasajeros al Ministerio Público, en dos patrullas distintas. El chofer, mi novia y yo nos subimos a una, y los otros dos jóvenes a la segunda patrulla.

“¿Pero qué hago con mis boletos? ¿Los dejo o me los quedó?”, preguntó el chofer, como si intentara una última opción para no subirse aquella patrulla, y ya con un pie fuera, como si estuviera decidido a volver a su autobús baleado y detenido a mitad de la calle, con agua escurriendo de la parte de abajo (donde también supuestamente hubo un impacto de bala). “¡Ya súbase, señor!”, le dijo en voz alta -casi gritando- el policía, por primera vez desesperado por la actitud del chofer. El chofer se subió y las dos patrullas se arrancaron.

En el MP

Esa noche (porque ya había dado tiempo de que anocheciera) me di cuenta de por qué los ciudadanos no creen en sus instituciones, y se dan por vencidos cuando reciben algún tipo de agresión. Lo sucedido en el Ministerio Público hubiera hecho desesperar a cualquiera.

Una larga conversación se desarrolló en una pequeña oficina del pequeño edificio (por cierto hay que mencionar la deplorables condiciones del baño para hombres; el de mujeres estaba fuera de servicio), con el policía Hernández presente, además de un compañero suyo, el chofer del autobús, lo que parecía ser un colega suyo de Flecha Roja, y la gente del Ministerio Público. Una conversación que duró aproximadamente 20 minutos, después de los cuáles salieron todos de la oficina, y el chofer se sentó frente a una mujer que comenzó a hacerle preguntar y redactar en su computadora todo lo que el señor (de aproximadamente 55 años) le iba relatando.

Diez minutos, quince minutos, veinte, treinta… No recuerdo cuánto tiempo duró el chofer sentado frente a esta mujer que escribía, movía el “mouse” como buscando algo en la pantalla frente a ella, volvía a teclear un par de cosas, volvía a pasar unos cuantos minutos moviendo el “mouse” y haciendo un par de clicks… Finalmente terminó el trámite el chofer del bus, después de lo cual un señor que salió de otra oficina del MP se lo llevó, probablemente para pedirle más datos. Al chofer no lo volví a ver. O tal vez sí, cuando salió, pero estaba tan distraído que no me di cuenta o no lo recuerdo.

Tocó el turno de mi novia. Aproximadamente cinco minutos después, le solicitaron a otra mujer que me pasara también a mí (había dos escritorios con computadoras), así que me senté, y comencé a dar mi versión de lo sucedido.

Una espera interminable, con la mujer escribiendo lo que yo le decía, haciéndome las preguntas necesarias para que mi versión fuera lo más detallada posible, sin dejar nada al azar o a suposiciones personales (lo cual evité en todo momento; de algo sirve ver tantas películas, documentales y programas, para evitar perder tiempo). De vez en cuando volteaba para ver junto a mí a mi novia, que seguía declarando. De repente ella firmó un par de documentos, se levantó y se salió del área donde estábamos, para después quedarse recargada sobre el mostrador, viendo lo que yo hacía.

Yo continué, mientras el otro joven (que también había decidido acompañarnos) se sentaba frente al otro escritorio. La mujer que escribía lo que yo le decía hizo lo mismo que su compañera: redactar, preguntar, mover el “mouse” durante unos interminables minutos en silencio total, volver a escribir un par de cosas, volver a mover el mouse. Me comencé a desesperar. Aún más cuando el otro joven, que había comenzado aproximadamente 15 minutos después que yo, firmó a su vez un par de hojas, se levantó y se fue, no sin antes despedirse de mí, y de que nos deseáramos mutuamente suerte.

Pero yo no lograba terminar con el trámite. Habré estado cerca de una hora sentado (o tal vez fue menos, pero se hizo interminable). Entonces mi novia me preguntó: “¿nos tienen que dar algún documento o algo?”. Yo le dije que no sabía, pero que iba a preguntar. Ni a ella ni al otro joven les dieron siquiera una constancia de que se había hecho todo ese trámite, lo cual nos pareció extraño. La razón fue la típica: “es que los hechos comenzaron en ‘x’ demarcación, que no corresponde a ésta, entonces vamos a mandar esto a ‘x’ lugar, para que le den el seguimiento”.

Finalmente, y después de que me terminara por desesperar y le preguntara a la mujer que me “atendía a mí” si todavía faltaba mucho, ella contestó “ya sólo lo tengo que mandar a imprimir”. Y así fue. Parecía que yo había dicho las palabras mágicas, porque después de aproximadamente 15 minutos sin que me volvieran a preguntar algo, en menos de 30 segundos comenzó a escucharse la impresora.

“Por favor firma aquí y aquí”, me dijo la mujer. Comencé a repasar rápido mi relato escrito e impreso en aquella hoja, no fuera a ser que por alguna razón la mujer que me escuchó durante aproximadamente 40 minutos no hubiera escrito exactamente lo que yo le dije, o hubiera omitido la descripción que di del asaltante al que vi, o los nombres del chofer y del policía federal que también incluí en mi relato. Otra muestra de la enorme confianza que tenemos en nuestras instituciones.

Todo estaba completo, así que firmé. Le pregunté a la mujer si no me darían algún número de registro por lo menos, a lo cual arrancó un papelito, y con su pluma escribió “Noticia Criminal”, además de una serie de números. Me entregó el papelito, y le pedí algún número de teléfono en el que yo pudiera preguntar cómo iba el trámite. Me dijo que lo siguiente en este proceso le tocaba a otra demarcación, me dijo dónde estaban ubicadas esas oficinas y cuando le pregunté por un número de teléfono de aquel lugar, simplemente me dijo que ahí directamente podía ir. También fue inútil pedir el número de teléfono del Ministerio Público en el que acababa de levantar el acta. Básicamente tendría que viajar otra vez un par de horas desde mi casa, hasta el lugar donde -supuestamente- quedará archivada mi acta, en medio de tal vez otros miles de hojas más, que quedarán muy seguramente como simples anécdotas.

Comentarios finales

Aquí termina mi relato del que fue el primer asalto que me ha tocado vivir. Nunca antes en mi vida había visto siquiera de lejos un asalto, el momento exacto en el que alguna persona sacara un arma de fuego y amenazara a otra. De hecho me gustaba decir con orgullo (casi presumiendo) que en otras partes del mundo me había tocado ver cosas peores, y que siempre me sentía seguro viajando en transporte público o en este tipo de autobuses en México. Hablaba de algunos actos violentos que me había tocado presenciar en el metro de París, o personas sospechosas en una estación de trenes de Bruselas. Todo, menos cosas parecidas en el metro del Distrito Federal, o en algún microbús desde el metro Tacubaya hasta Santa Fe (recorrido que hice aproximadamente un año todos los días). Ni siquiera en microbuses que había tomado en Toluca, y mucho menos autobuses de línea, como Caminante o Flecha Roja.

Y como dije al comienzo: sigo recordando todo lo sucedido, y pareciera que todo fue un sueño. Varias veces había soñado que me asaltaban, o que incluso me disparaban con una pistola en la calle, pero como sucede en los sueños, éstos balazos nunca me habían hecho daño, aunque cada vez esos sueños se sintieran más reales, y cada vez estuviera más cerca de resultar realmente herido en ellos. Pero lo sucedido este fin de semana sí fue real, aunque en mi mente recuerde aquel disparo que me dejó sordo por un instante como si no hubiera pasado, o el momento en el que desperté de mi siesta por los gritos de la gente y de los asaltantes, y vi lo que estaba sucediendo, deseando realmente que todo fuera mentira. No lo fue.

Uno es totalmente consciente de que estas cosas suceden -y al parecer cada vez con más frecuencia en México, aunque nuestros queridísimos políticos digan que vamos “mejorando”- y de que personas mueren en asaltos, y uno se indigna por eso, porque además sabe que las autoridades realmente poco puede (o quieren) hacer, porque hay un sistema totalmente podrido que se preocupa más por meter spots en televisión y espectaculares en las calles, y pintar bardas con nombres de candidatos, que realmente invertir dinero en mejorar las condiciones de las personas que menos tienen, o de realmente entrenar (y educar) a nuestra policía, o de hacer una limpia en las distintas ramas de la policía para sacar a los posibles elementos corruptos.

Todo eso lo sabemos, pero de verdad uno piensa (o desea) que nunca le tocará vivir una situación como las que ve en la televisión, o de las que lee en los periódicos, o de las que familiares o amigos platican. A mí ya me tocó vivirlo, porque parece que vivir en México, va cada vez más de la mano de pasar por una experiencia similar por lo menos una vez en la vida.

La impotencia que sentí en el momento y que sigo sintiendo hasta ahora no se va a borrar. Porque realmente causa impotencia ver que una niña menor a 10 años ya escuche las palabras de su mamá tranquilizándola y diciéndole qué tiene que hacer durante un asalto. Me parece indignante que un niño (y cualquier persona en realidad) tenga que “aprender” de este tipo de experiencias, porque al parecer deberá acostumbrarse a los asaltos para que cuando vuelva a estar en uno, ya sepa los pasos a seguir para evitar ser lastimado.

También me parece indignante que un policía federal tenga que hacer su trabajo a regañadientes, y sean los ciudadanos los que deban decirle en el momento, paso a paso, lo que debe hacer para intentar buscar responsables, y que sean los ciudadanos los que tengan que obligarlo a actuar.

Sé también que el acta que levantamos cuatro de los casi 60 pasajeros del autobús de Flecha Roja, quedarán archivados en algún lugar perdido de unas oficinas del Estado de México, y es por eso que decidí escribir este largo texto, que ojalá no haya resultado muy tedioso de leer en su totalidad, porque también sé que para Flecha Roja (una línea que mi novia y yo tomamos supuestamente porque nos garantiza seguridad) esto quedará como una estadística más. Y es que si el chofer del autobús ni siquiera tenía pensado llamar a su empresa para reportar un balazo en el techo de su unidad, ¿qué se puede pensar de la empresa en su totalidad?

Por eso escribo estas palabras, y aunque puedan sonar egoístas porque me decidí a escribirlas cuando yo y mi novia fuimos los afectados, y aunque sepa que muchos dirán lo mismo (que soy un egoísta), tenía que escribirlo, aunque también en el vasto mundo del internet quede como una anécdota más, de tantas que hay.

No me importa, porque al igual que me decidí a ir al Ministerio Público para levantar un acta, sabiendo que no serviría prácticamente de nada (porque todo esto no hará que por una revelación divina o un acto espontáneo de consciencia las autoridades decidan tomar medidas para prevenir más hechos como éste), siento que es lo mínimo que debo hacer. Porque nuestras instituciones están corrompidas, pero hacer algo (aunque tal vez no sirva de nada), siempre será mejor que no hacer nada, y entonces sí, dejar que todo lo sucedido quede en el olvido, porque nadie se tomó el tiempo de contarlo.

Un saludo.

*El autobús de la foto no es el que tomamos rumbo a Atlacomulco.

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