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Dicen que los mexicanos somos miedosos.

La historia cuenta que cuando Miguel Hidalgo se preparaba para el asalto final a la Ciudad de México, en el Monte de las Cruces, inexplicablemente cambió de parecer, y aunque los insurgentes consiguieron la anhelada independencia, no fue como el cura -que fue capturado y asesinado tiempo después- la había pensado.

A mi pregunta acerca del principal reto para una agencia de publicidad con los consumidores mexicanos, un diseñador holandés contestó en el salón de  clases que el mexicano le tiene miedo a lo nuevo, a innovar, y prefiere seguir con el sistema viejo, aunque sepa que no necesariamente es lo mejor que las empresas le puedan ofrecer.

¿Los mexicanos somos miedosos? Yo creo que sí. La foto que encabeza este escrito es la de una unidad del Metrobús de la Ciudad de México calcinada, luego de que un grupo de personas le prendieran fuego durante una protesta por la desaparición de 43 normalistas en Ayotzinapa, Guerrero, “presuntamente” (¡ah, cómo nos encanta esa palabra!) orquestada por el presidente municipal de Iguala y su esposa, con ayuda de la policía y un grupo delictivo.

Después de bajar a los pasajeros, quienes protestaban encendieron el autobús y lanzaron un par de bombas molotov a la estación del transporte, en Ciudad Universitaria, causando su clausura por meses y unos costos de reparación altísimos (seguramente nada comparado con lo que pueda gastar un partido político en despensas para conseguir votos, pero esa es otra historia). La fotografía, de una enorme calidad visual, también trajo consigo una fuerte carga simbólica, y lo que podría considerarse el comienzo del fin de la protesta.

No fue el único hecho que incluyó fuego, pues días después, más encapuchados incendiaron varios edificios gubernamentales en Guerrero, mientras que en la Ciudad de México, un grupo de encapuchados también atacó la puerta de Palacio Nacional, máximo símbolo arquitectónico del poder del presidente de la república.

Y aunque las marchas y protestas siguen en diversos puntos del país, el mexicano mostró una vez más su temor al cambio y a la acción.

¡Alto! Antes de seguir, cabe aclarar que estos pensamientos personales no buscan incentivar a un levantamiento armado, ni al uso del fuego para destruir cualquier edificio o vehículo que remita al sistema político mexicano, como podrían ser otras unidades del Metrobús, o graffitear estaciones del Metro, o voltear e incendiar patrullas (probablemente el símbolo más visible de corrupción en nuestro país), o atacar la ya famosa “Casa Blanca” de Las Lomas, o la residencia oficial de Los Pinos, o las sedes nacionales de todos los partidos políticos, o por lo menos lanzar bolas de pintura a los autos de todos y cada uno de los congresistas de nuestro país. No, ése no es el punto.

El punto aquí es decir que los mexicanos tenemos miedo, y ese miedo hace a muchos alarmarse más por la quemadura de un autobús, que por la desaparición de 43 estudiantes, sean “guerrilleros”, “ladrones”, “nacos”, u otras palabras que se han usado en las últimas semanas para referirse a los de Ayotzinapa, y al hecho de que los policías abrieran fuego contra los autobuses que ellos ocupaban, donde quedaron muertos unos cuantos más.

El mexicano condena más el que un grupo de “anarquistas encapuchados” pinten las paredes de todo Paseo de la Reforma y “arruinen la exposición de fotos de Chapultepec”, y le agreguen a un anuncio de Calvin Klein con Aislinn Derbez en poca ropa, una imagen de Enrique Peña Nieto con la mitad de su rostro en forma de calavera. El mexicano también condena la “violencia” que puede representar el hecho de que miles de estudiantes y personas comunes y corrientes salgan a la calle a marchar porque están hartas de la inseguridad, de la violencia de Estado, de la impunidad y de la corrupción, porque un grupo de diez encapuchados (los cuáles curiosamente siempre salen libres poco después de ser detenidos) se sale de control y se lanza contra las puertas del Senado, mientras la masa grita “¡No violencia! ¡No violencia!”. Pero la fotografía es más poderosa que las letras y el relato de los presentes, y lo que se queda en la memoria de la mayoría es el acto violento paralelo a la marcha.

El mexicano es miedoso, porque está harto de la situación de inseguridad, de no poder pasear tranquilo en la noche, de no poder viajar tranquilo por el país, de cambiar sus hábitos para evitar ser asaltado, porque no le cree ni a los políticos ni a los medios de comunicación, pero no busca hacer algo al respecto.

Ni se diga salir a protestar, porque en México, salir a la calle a manifestarse es visto peor que ser un político corrupto. Porque al menos el político corrupto se olvida fácilmente, cuando otro político corrupto se convierte en el nuevo blanco de los periodistas, de entre una fila interminable que espera su turno para pasar al banquillo de los acusados. Por su parte, el que sale a la calle es tachado de “güevón”, “nini”, “borrego” y otros adjetivos más, usados precisamente por los políticos y sus asesores especialistas en manejo de crisis, y que después de pasar por los medios de comunicación, finalmente llegan al televidente o lector, que nunca cree lo que dicen los políticos, a excepción de cuanto se trata de descalificar al que sale a la calle a protestar.

El mexicano es miedoso, y ese miedo se aprovecha para que la situación siga igual, porque el Metrobús calcinado sirvió como el principio del fin de la protesta por Ayotzinapa (y por México). Porque aunque la protesta inicial fue legítima, pareciera que un incendio y un grupo de “anarquistas” le asusta más a la población que ser secuestrado y nunca más ser encontrado, o ser asesinado en plena luz del día y que no se haga justicia.

Tiempo después del incidente del Metrobús, un grupo de granaderos se adentró en Ciudad Universitaria en el transcurso de la noche, porque horas antes un “presunto” oficial encubierto había sido atacado por “presuntamente” vigilar a estudiantes afuera del Auditorio Che Guevara, y “presuntamente” habría detonado su arma de fuego hacia el cielo, aunque las fotos que circularon en redes sociales y algunos medios de comunicación mostraban a un “presunto” estudiante de la UNAM con la pierna perforada por una bala.

Eso fue suficiente para que en la noche se escucharan algunos cohetones en los terrenos universitarios, por los enfrentamientos entre los escudados y “presuntos” encapuchados (porque pareciera además que la palabra “encapuchado” ya remite automáticamente a la actividad de una persona, y no al hecho de cubrirse el rostro). También fue suficiente para que el mexicano se asustara más porque las cosas podrían estarse saliendo de control.

El mexicano es miedoso, pero además está mal preparado para situaciones como la que se vive actualmente por Ayotzinapa.

Tal y como sucedió en su momento con las protestas contra el entonces candidato Enrique Peña Nieto en la Universidad Iberoamericana, y el posterior movimiento #yosoy132, una ligera bofetada del gobierno basta para desestabilizar las protestas.

En 2012, el calificar al movimiento estudiantil como un movimiento “anti Peña Nieto”, o “manipulado por Andrés Manuel López Obrador” fue suficiente para sepultar una protesta legítima, en la que, efectivamente, el objetivo original era golpear la imagen del candidato priísta, pero que internamente se durmió y dividió, mientras que las acusaciones de algunos periodistas (favorables a Peña) diezmaban las filas juveniles, más preocupadas por discutir internamente los objetivos secundarios del movimiento, que por reforzar su idea principal: que Peña Nieto y el PRI no ganaran.

Los voceros del #yosoy132 se preocuparon más por hacerle creer a la opinión pública que el movimiento era “apartidista”, que por darle la estocada final a las aspiraciones presidenciales del ex gobernador del Estado de México. Porque hay que admitir que el golpe fue duro, y se vio reflejado en las encuestas, pero se quedó sólo en eso, en un golpe que hizo tambalear al candidato, pero después, cual estrategia del “Canelo” Álvarez, únicamente le siguieron una serie de fintas y movimientos defensivos, sin poder conseguir el nocaut.

La historia podría repetirse en este 2014, porque después de las primeras protestas por Ayotzinapa, llegó el incendio del Metrobús, y de los edificios gubernamentales de Guerrero, y de la puerta de Palacio Nacional, y rápido llegaron los comentarios de indignación de periodistas, ciudadanos y –adivinaron- políticos, porque al parecer los actos violentos de un puñado, descalifican la protesta pública de cientos de miles de personas, y podrían ser suficientes para lograr borrar los actos violentos de policías y políticos comprados por el crimen organizado, en un caso que el gobierno parece ya haber enterrado.

Porque el mexicano es miedoso. Tiene miedo de salir a la calle en las noches, pero también tiene miedo de salir a la calle durante el día junto a otros miles de mexicanos. Y aún más miedo le tiene a que lo tachen de revoltoso por mostrar su hartazgo ante la situación del país.

El mexicano le tiene más miedo al cambio, que a un sistema viejo, corrupto y violento (tal vez aquel diseñador holandés nos intentaba decir algo más y apenas me doy cuenta), y por eso se asusta y retrocede cuando la protesta llega al grado de un vehículo destruido, porque no sabe cómo reaccionar ni adaptar su mensaje para que no quede en una simple marcha pacífica que acabó con un choque entre encapuchados y granaderos.

Por eso, un Metrobús incendiado podría ser el comienzo del fin de la protesta. Porque el mexicano es miedoso, y se asusta más por un vehículo quemado, que por 43 jóvenes calcinados y un país que ya está en llamas.

Foto: Cuartoscuro

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