Escrito para Tiempo Bullet. Sobre la calle Madero, dos jóvenes parados junto a un pirata Playmobil del tamaño de un niño hacen su trabajo: invitan a los pasantes a un buffet en el primer piso del Pasaje América, junto al Sanborns de los azulejos. Los peatones los ignoran y apresuran el paso, sin saber que entrando por ese pasillo oscuro llegarán a rincón lleno de nostalgia, con dos grandes ojos redondos y una sonrisa omnipresente. Entro al pasaje y subo las escaleras hasta el primer piso, que me recibe con dos puertas doradas de elevador que me transportan por sí solos a otra época. Un reloj arriba de las puertas completa la postal.

Unos cuantos pasos más y llego a Retromex. La puerta de entrada está resguardada por un payaso hueco de Playmobil, el juguete creado en 1974 por el alemán Hans Beck y que hoy es mundialmente famoso. Es del mismo tamaño que el de la calle, pero éste está hueco y relleno de muchas piezas. Una inscripción invita a los clientes a adivinar el número de piezas que contiene. Por dentro el local parece más bien una bodega, con una caja negra repleta de personajes, la mayoría de ellos sin la pieza que corresponde a su cabello. Otras cajas traen escrito “Medieval”, “Caballos” y otras etiquetas, y están rellenas de las piezas correspondientes a dichas colecciones. Una versión más reciente del Fort Bravo que yo tuve de niño está en exhibición el centro del local, con un letrero de “Favor de No Tocar”.

 El juguete del recuerdo

Un hombre de lentes y camisa azul recibe un pedido: de una gran bolsa de plástico, un joven saca una caja. Intercambian algunas palabras acerca de la siguiente orden, se despiden, y el hombre de lentes deja la caja en una estantería. Es el set 4270 de Playmobil: la arena de gladiadores, con todo y su león y su tigre, además del emperador que desde lo alto decide la suerte de los combatientes. Es hasta entonces que Moisés Molina nota mi presencia y me invita a preguntar por lo que me interese. Me explica que en ese local sólo venden piezas separadas o sets (escenarios) viejos, como la Casa Victoriana de 2004. Al lado está el local donde venden videojuegos retro, y más lejos en el pasillo venden los Playmobil más recientes. Los tres locales pertenecen al mismo dueño y llevan ahí aproximadamente dos años.

“Playmobil es un juguete del recuerdo, así que vienen adultos”.

Así responde Moisés a la pregunta obligatoria acerca de la edad de sus clientes. No me sorprende, ya que además de mí, dos mujeres de más de 25 años checan los mods (modificaciones) que cuelgan de una pared y hacen alusión a su “necesidad” de tener uno de ellos. Los artículos los venden directamente en la tienda o en su sitio web, aunque también realizan subastas en Mercado Libre, donde actualmente la casa de muñecas #5302 va en los 2,999 pesos.

Entonces entra un niño acompañado de sus papás. “Esto es un museo”, dice sorprendido el señor con un acento extranjero, probablemente venezolano. Por su forma de vestir, tal vez son turistas. Su esposa trata de convencer al niño de que ahí no venden Lego, pero el niño insiste. Le preguntan a Moisés y él responde que sólo en el otro local venden uno que otro Lego. Los dos papás, más interesados que el niño, siguen viendo el zoológico, los castillos medievales con dragones y las grúas de construcción. Todo es Playmobil ahí. Dan las gracias y se van.

“Lo que más viene a buscar la gente son las colecciones de policías, del viejo oeste, piratas y los medievales. De lo más caro que tenemos es el castillo medieval, que es de los noventa (cuesta 2 mil 500 pesos). Y lo más antiguo son el set de enfermería y el de construcción, que son de los ochenta”.

Sigo viendo detrás de cortinas de plástico que evitan que la gente toque (o se robe) las piezas, y veo un Santa Claus, un grupo de legionarios romanos -que me hubiera llevado si hubiera ido preparado- y encuentro un pirata que yo tuve de niño, con saco azul, barba café, pantalón beige y sombrero negro con pluma. También están la isla del tesoro pirata que tuvo un primo y fue el objeto del deseo de sus dos hermanos y demás miembros de la familia, y algunas piezas de avión guardadas en otra caja más. Cobran sentido las palabras de Moisés, acerca de la nostalgia y sus principales compradores, pues varias piezas se me hacen conocidas y me transportan a otras épocas lejanas. Entonces me despido y voy al segundo local donde venden más juguetes. Ahí me atiende Yunuel, quien me confirma que llegan a la tienda sobre todo clientes de 25 años para arriba, y me repite aquello de la nostalgia.

Foto: Elias Arriazola (CC)
Foto: Elias Arriazola (CC)

Este local exhibe muchas más cajas azules sin abrir que el primero. Cajas que contienen apaches, autos de carreras, motociclistas y otras piezas mucho más recientes. Sus cajas originales. También sobres que contienen piezas “sorpresa”.

Muchos vienen por búsquedas específicas. Vienen por piezas para completar sus sets, o por algún accesorio que le faltaba a uno de sus personajes. Aquí también tenemos los modificados.

Me acerco al muro de los Playmobil modificados y veo al Santo, a Blue Demon, al ángel dorado que corona la columna del Monumento a la Independencia sobre Reforma, y a varios superhéroes, entre otros personajes conocidos pero que nunca hubiera relacionado con la compañía alemana.

A nosotros nos encargan los customs y tenemos un chavo que los hace. Los que más nos piden son de Frida Kahlo, catrines y superhéroes. También los luchadores se venden bien. Depende sobre todo de la época del año.

Ahí mismo venden otro tipo de juguetes, como Caballeros del Zodiaco y videojuegos retro. Todo lo que un joven adulto con poder adquisitivo y un poco de nostalgia quisiera encontrar. Todo lo que uno hubiera deseado tener de niño y ahora tiene la oportunidad de comprar.

Salgo de Retromex y bajo por las escaleras, camino por el pasillo oscuro del Pasaje América y regreso a Madero. Suenan las melodías desafinadas del organillero bajo los rayos del sol. Los dos jóvenes ya se cansaron de gritar y platican recargados en las columnas de la entrada. Los peatones siguen con su paso apresurado, ignorando y esquivando al chavo que reparte volantes y ofrece piercings y tatuajes. “Deberían detenerse, voltear a ver el pirata Playmobil gigante y animarse a entrar”, pienso más o menos. Un poco de nostalgia nunca sobra, y menos si es para sacar al niño que todos llevamos dentro.

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